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26 octubre 2010

Zen



Marina Tirado*




Un estudiante fue a su maestro y le dijo: Mi meditación es horrible, me siento tan distraído, o me duelen las piernas, estoy constantemente durmiendo ¡Es horrible!

Va a pasar, tranquilamente, dijo el Maestro.

Una semana más tarde, el estudiante volvió a su maestro: Mi meditación es espléndida. Me siento tan consciente, tan tranquilo, tan vivo ¡Es maravillosa!

Va a pasar, muy sereno, respondió el maestro.

09 abril 2009

La primera y última frase de una novela (Un viaje personal por las novelas preferidas)


Ruth Capriles




La primera frase de una novela no sólo es el picaporte que abre al lector la puerta del mundo imaginario al que entra con expectativa, es también el puente que permite al autor entrar en el relato. En muchas ocasiones, si un autor tiene la primera frase tiene el libro completo. Lo sabe cuando confía en la necesidad de la línea de desplegarse. Una vez escrita, ella va de sí.
Siguiendo esta hipótesis, la mejor primera frase es aquélla que de un jalón mete al lector en el mundo imaginario; es la frase metáfora del tema y la historia por venir; la que te dice en acertijo de qué se trata el juego en el que entras.
La última frase de una novela, per contra, no es el pestillo que cierra la puerta; la mejor última frase es aquélla que logra dejar abierta la puerta. Por tanto, ambas, primera y última frase, están vinculadas entre sí por un imaginario inacabable. Entre ambas, el autor dotado, quien tiene el don de la metáfora, establece un corredor de imaginación continua.
Es probable que los autores no se percaten de ese vínculo, aunque algunos lo establecen de manera tan extraordinaria que uno sospecha lo sabían. Charles Dickens es quizá el ejemplo más expresivo:
Véase en Tiempos Difíciles, la primera frase:

“Ahora, lo que quiero es Hechos. No enseñen a estos niños y niñas sino hechos. Hechos solamente se necesitan en la vida.”

Con esa frase, Dickens nos dice de una sola vez cuales son los tiempos difíciles; tiempos de rigor victoriano, cuando el positivismo se entendió como determinismo y mecanicismo. Nos advierte cual es su objetivo temático: Señalar las presiones que el mundo industrial ejercía sobre los seres humanos desde la infancia y ridiculizar el utilitarismo radical.
Para cerrar, frente al determinismo económico, Dickens responde afirmando nuestra humanidad; reiterando el indeterminismo y la libertad que nos da nuestra capacidad de decisión dentro de la fugacidad del tiempo humano.

“!Querido lector! Queda a usted y a mí decidir, en nuestros dos campos de acción, si cosas similares serán o no serán. Déjelas estar. Nos sentaremos ante el fuego para ver tornarse grises y frías las cenizas de nuestras vidas ”

En Historia de Dos Ciudades, el mismo autor alcanza niveles poéticos insuperables, produciendo una de las primeras frases más famosas de la historia de la literatura universal. Aunque es imposible traducir la fuerza y sonoridad de sus palabras, con estas empieza esa novela:

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, era la edad de la sabiduría, era la edad de la estupidez, era época de fe, era época de incredulidad, era estación de Luz, era estación de Oscuridad, era primavera de esperanza, era invierno de desesperanza, teníamos todo ante nosotros, nada teníamos frente a nosotros, todos iríamos al Cielo, todos iríamos directo por el camino inverso –en suma, el período era tan parecido al presente, que algunos de sus más ruidosas autoridades insistían en declararlo sólo en términos superlativos.”

Sabemos de qué trata la novela: Tiempos de Revolución (francesa) y tiempos de destrucción, cuando la esperanza en el futuro se convierte en desgracia y muerte inmediatas. Es frase eterna que describe los tiempos de la novela, los tiempos de Dickens y nuestro propio tiempo. Eso la convierte en una obra inmortal, tan vigente para los venezolanos hoy en día como fuera para los ingleses en el siglo XIX.
La frase final de esa novela nos saca de esa dolorosa historicidad y abre la puerta al lector a trascender el momento cruel de toda revolución a través de gestos heroicos que permiten la permanencia del bien. Ante la guillotina, que saldará las cuentas del disipado personaje que se inmola para salvar al hombre de la mujer que ama, Sydney Carton piensa:

“Es lo mejor que he hecho en mi vida; entro al mejor reposo que jamás he conocido.”

No sé si es coincidencia, pero la mayoría de mis novelas preferidas, esas a las que vuelvo una y otra vez a lo largo de mi vida, son aquellas que tienen perfectas primeras frases. Cada sábado, cuando me levanto para ir al mercado, me veo en el espejo y repito la frase inicial de la novela más famosa de Virginia Wolf:

“La señora Dalloway dijo que hoy compraría las flores ella misma.”

Es una primera frase perfecta, aunque la traducción literal no permite oir la música de la misma. En inglés dice: “Mrs. Dalloway said she would buy the flowers herself.”
En nueve palabras dice quien es el personaje, alguien que disfruta la vida y la celebra. Además nos dicen que está casada, que tiene una posición socio económica suficiente como para mandar a buscar las flores o hacer que se las envíen en cualquier otro día. Pero ese día es especial, lo suponemos de una vez, no sólo porque empieza la novela, sino porque el personaje nos ha transmitido su gozosa expectativa. Luego de esas primeras palabras, irrumpe un párrafo que es una explosión de goce existencial y que confirma lo que ya sospechábamos: Clarissa Dalloway ama la vida y eso ilumina la vida de los demás, tal y como expresan las palabras finales:

“-¿Qué es este terror? ¿Qué es este éxtasis? -pensó- ¿Qué me invade con este entusiasmo extraordinario?
-Es Clarissa - dijo él.
Pues allí estaba ella.”

Cuando siento una pasión vergonzosa, no puedo dejar de recordar a Humbert Humbert y la más hermosa primera frase que he leído, de Vladimir Nabokov:

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma. Lo-lii-ta: La punta de la lengua bajando en tres pasos por el paladar hasta puntear al tercero sobre los dientes: Lo-lii-ta.”

Si la primera frase confiesa una pasión vergonzosa, la última frase permite trascenderla, la santifica:

“Estoy pensando en auroras y ángeles, el secreto de pigmentos durables, sonetos proféticos, el refugio del arte. Y esta es la única inmortalidad que tu y yo compartiremos, Lolita mía.”

El arte, la belleza de la palabra, nos permite no sólo perdonar a Humbert Humbert su crimen y su pecado, sino además nos hace admirar y recordar eternamente la pasión que los inspiró.

En Mario Vargas Llosa, Conversación en La Catedral, la primera y última frases expresan y reiteran el desencanto latino americano, la incertidumbre inevitable del desorden y la ausencia de amor por lo nuestro:

“Desde la puerta de «La Crónica» Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?”

Esa falta de amor por el propio espacio, que parece característica de muchos pueblos latino americanos, se vuelve en contra de nosotros mismos y nos disipa el futuro; se traduce en incertidumbre y ausencia de instituciones; se siente como despropósito e inutilidad de nuestra vida:

“Trabajaría aquí, allá, a lo mejor dentro de un tiempo habría otra epidemia de rabia y lo llamarían de nuevo, y después aquí, allá, y después, bueno, después ya se moriría ¿No, niño?”

Con Doris Lessing, en el Cuaderno Dorado, tenemos una solución diferente a la conexión entre primera y última frase. Ambas resultan funcionalmente idénticas para describir la amistad de dos mujeres inglesas tratando de manejar la desilusión del ideal que las había convertido en militantes del partido comunista inglés y sus esfuerzos para rescatar las cosas verdaderamente importantes. La diferencia entre las frases es sólo de temporalidad. Al principio, las amigas están enfrentando la ruptura y la desilusión:

“Las dos mujeres estaban solas en el apartamento de Londres.
-El punto es -dijo Anna, cuando su amiga regresó del teléfono en el vestíbulo- el punto es que, tal y como lo veo, todo está desmoronándose.”

El “todo” es, por supuesto, la ilusión que ambas tuvieron de un mundo mejor, igualitario y participativo. Lo que se desvanece es la esperanza en que sus actividades organizativas pudiesen hacer alguna diferencia y no fuesen utilizadas por los hombres con ambición de poder. La novela nos describe justamente cómo la actividad política militante del comunismo enmascara las relaciones desiguales entre los hombres y las mujeres. Para salvarse de la destrucción del ser femenino, que tal relación asimétrica acarrea, las dos amigas encuentran el refugio de la domesticidad, del afecto entre ellas y hacia la prole. Al final, ya han aceptado la mentira comunista y sólo les queda la perplejidad ante el mundo que ha resultado al revés de como lo esperaban:

“-Todo es muy extraño, Anna. ¿No?
-Mucho.
Poco después, Anna dijo que tenía que regresar a Janet, quien seguramente ya habría vuelto del cine donde había ido con una amiga.
Las dos amigas se besaron y separaron.”

Esa frase final rescata la amistad y el espacio del afecto como las únicas realidades que sobreviven a la política y permanecen más allá del dogma o de la ficción. Para el lector, es el espacio que permanece abierto cuando cerramos el libro.

Margaret Mitchell, en su famosa novela Lo que el Viento se Llevó, utiliza ambas frases para describir a ese personaje inolvidable, Scarlet O´Hara, quien al principio se nos presenta como una muchacha frívola y coqueta que fascinaba a los hombres.

“Scarlet O´Hara no era bella, pero los hombres rara vez se daban cuenta cuando eran atrapados por su encanto, como lo estaban los hermanos Tarleton.”

A través de la saga bélica descubrimos el temple de esa mujer para sobrevivir y salvar a aquellos que terminan a su cargo, expresando en esa famosa frase final el espíritu heroico de los estadounidenses y su disposición al esfuerzo y al logro. La frívola, egoista y caprichosa mujer demuestra un apego por la tierra de sus ancestros, Tara, una pasión y una voluntad de vivir y obtener lo que se quiere por propio esfuerzo, que ninguno de los otros personajes, más serios y apegados a principios, podían tener. Los tiempos de guerra ciertamente prueban a las personas. Los buenos resultan pusilánimes y muchos malos resultan capaces de inmolación.

“Pensaré sobre eso mañana, en Tara. Entonces podré soportarlo. Mañana pensaré en alguna forma de reconquistarlo. Después de todo, mañana es otro día.”

Scarlet es ciertamente un personaje inmortal y entre ambas frases la autora logra describir una mujer sin igual, llena de defectos, sin embargo una heroína que sigue viviendo después que cerramos el libro. Estamos seguros que la saga continúa y que ella logrará reconquistar a Rhett y reencauzar su vida. El mañana continúa para ella y para nosotros lectores.

James Joyce, en Ulysses, comienza con un introito satírico al catolicismo irlandés.

“Pausadamente, el regordete Buck Mulligan bajó por la escalera, llevando un envase con espuma de afeitar sobre el cual reposaban un espejo y una navaja. Una bata amarilla, sin atar, era sostenida levemente detrás de él por el suave aire de la mañana. Levantó el envase y entonó:
-Introibo ad altare Dei”

Como es generalmente conocido, el Ulises, es una demostración monumental de la capacidad literaria de Joyce para escribir en todos los estilos posibles, usados en la literatura pasada y por venir. Cada capítulo no sólo describe Dublín, sus habitantes y sus cuitas, critica todos los dogmas y cuenta todas las odiseas de la Historia en un solo día, sino que además utiliza 18 formas narrativas distintas y múltiples narradores. El capítulo final es una explosión lingüística y emocional de Molly, quien sin respirar trasciende las barreras religiosas e históricas para afirmar la palabra que conocen todos los seres humanos: El amor:

“Puse mis brazos a su alrededor y lo atraje hacia mí para que sintiera mis senos y todo el perfume sí y su corazón latía como loco y sí dije que sí que sí quiero Sí.”

Franz Kafka, el relator supremo del absurdo comienza El Proceso con una prisión absurda y termina con una muerte absurda que todos continuamos sufriendo y cuya vergüenza sigue pesando, eterna y reiteradamente, sobre la humanidad.

La novela inicia abriendo el escenario del proceso absurdo:

“Alguien debía haber estado diciendo mentiras sobre José K., porque sin haber hecho algo malo, fue arrestado una hermosa mañana.”

Y termina abriendo el corredor eterno de la culpa. K muere:

“!Como un perro! –dijo; como si quisiera decir que la vergüenza lo sobreviviría.”

En Amerika, la obra más optimista y liviana de Kafka, se reitera el mito de este continente. Las primeras palabras abren sobre la libertad que, curiosamente, Kafka la ve defendida por la espada:

“Mientras Karl Rossmann, un niño pobre de dieciséis años enviado a América por sus padres porque se había dejado seducir por una muchacha de servicio que había quedado embarazada, estaba en la cubierta del barco que entraba al puerto de Nueva York, una repentina explosión de luz solar pareció iluminar la Estatua de la Libertad; así la vio bajo nueva luz, aunque la había visto anteriormente. El brazo con la espada levantado, como si acabado de estirar, mientras los vientos del cielo soplaban alrededor de la figura.”

Hay que leerla en alemán, por supuesto, para oírla y en todo caso perdonarle las imprecisiones porque nunca conoció América ni vio la Estatua de la Libertad, pero sus palabras cuentan una realidad: Es una tierra de esperanza. “Me gustan los americanos porque son saludables y optimistas” expresó el autor a Max Brod, el amigo que, desoyendo la voluntad de Kafka, que le pidió quemar todos sus manuscritos, los publicó y nos los explicó en relación a la vida y comentarios del autor.
Es un principio optimista, y en este sentido bien distinto del resto de sus novelas (El Proceso, El Castillo), y Kafka se mostró alegre y optimista mientras la escribía, también según Max Brod.
No tenemos las últimas palabras de América, pues Kafka la abandonó repentinamente y la dejó inconclusa. Según dijera a Max Brod, pretendía terminarla con una nota de reconciliación. Podemos pensar que el joven protagonista, quien había emigrado con el fardo de las temáticas de Kafka: La culpa, el pecado original, la autoridad paterna, se deslastraría y encontraría la felicidad en ese continente inmenso y sin límites que ofrecía todas las posibilidades y le abría sus brazos. Pero no necesitamos el final. En realidad, el cierre lo tenemos en las palabras iniciales del último capítulo:

“En una esquina, Karl vio un anuncio que decía: El Teatro de Oklahoma empleará miembros para su compañía hoy en la pista de carreras de Clayton desde las seis de la mañana hasta medianoche. ¡El gran Teatro de Oklahoma te llama! ¡Hoy sólamente y nunca más! ¡Si pierde esta oportunidad la pierde para siempre! ¡Si piensa en su futuro usted es uno de nosotros! ¡Todos son bienvenidos! ¡Si quiere ser un artista, únase a nuestra compañía! ¡Nuestro Teatro puede encontrar empleo para todos, un lugar para cada uno!”

Karl aprovechó la oportunidad. Kafka, como sabemos, no.

Hay dos de mis autores preferidos que parecen contra ejemplos y no ofrecen primeras ni últimas frases que cumplan los requisitos que he aplicado a las novelas anteriores.
Entre las novelas más importantes de Henry James no encontraba una primera frase que fuese metáfora de la historia o del tema y que cerrara el círculo con una frase final.
Hasta que encontré una: La Fuente Sagrada.
No sé por qué no empecé por ahí, porque me resulta una novela extraordinaria, aunque el mismo autor la haya descrito como “un jeu d´esprit”, un juego previsto como una historia corta que creció a 20.000 palabras, y León Edel, el equivalente para James de lo que fuera Max Brod para Kafka, considera que “merece un pequeño lugar honorable en el estante jamesiano.”
Esa novela es ciertamente un juego, un acertijo que parece un ejercicio literario y de lógica lingüística, sin substancia temática ni protagónica. Yo la estimo como un prototipo de novela, de la novela jamesiana específicamente. Una obra maestra que revela la estructura y la temática de todas las novelas de ese autor. La estructura: Una progresión dentro del espíritu insondable del ser humano que queda siempre incognoscible. La temática: La relación vampirezca entre los seres humanos, especialmente en la relación de pareja.
La novela inicia con la expectativa de compartir con conocidos durante un fin de semana en las afueras de Londres.

“Siento que era una ocasión -el prospecto de una gran fiesta- para encontrar en la estación amigos posibles e incluso enemigos posibles, que estarían también dirigiéndose a la fiesta. Tales premoniciones, era cierto, alimentaban miedos cuando no alimentaban esperanzas...”

El protagonista anónimo, cual cámara indiscreta, se entretiene observando, con una lógica que cree insuperable, a los invitados cuyas apariencias lo llevan a desarrollar la hipótesis de que en la relación de pareja siempre hay uno que chupa la vida del otro. Al final se encuentra equivocado en sus conclusiones sobre quien chupaba a quien y superado en sus deducciones por la anciana que comprende su juego y lo sobrepasa en la comprensión de las relaciones humanas. Lo que comenzó como deseo de socializar, termina con el impulso a huir del género humano.

“Esa última palabra -la palabra que me puso exactamente en ninguna parte- era demasiado inaceptable como para no obligar a refrescar el propósito de escapar a otros aires, como se me había ocurrido esa tarde. Definitivamente, nunca más debería juntarme con ella; no es que yo no tuviera tres veces su método. De lo que carezco fatalmente es su tono”

Otro de mis autores preferidos, V.S. Naipaul, no parece dar importancia a la cuestión de marras. Aunque escribió pasajes hermosos y significativos, no encuentro en sus novelas principales una primera frase vinculada a la última como metáfora completa. Sólo en una encuentro una tenue relación, Guerrillas, la más dura de sus novelas, la que más duele leer cuando se es suramericano, porque es la historia de todas las guerrillas y el resentimiento en el mundo colonial. El tema del resentimiento lo despliega de una vez en su primer párrafo:

“Después de almorzar, Jane y Roche salieron de su casa sobre el Risco y manejaron hasta la Granja Thruschcross. Bajaron a través de la ciudad caliente al pie de las colinas y luego a través de la ciudad al camino del mar, a través de las vías públicas pintorreadas con slogans: 'Negro Genuino', 'No Vote', 'El control de la natalidad es una conspiración contra la raza negra'”

Esa novela termina con la soledad de un líder que no tiene a quien guiar, un guerrillero sometido por su propia abyección y cuya última palabra suena a servidumbre:

“-Esa es la forma como será. Te estamos dejando solo, Jimmy. Yo me voy. Jane y yo nos vamos mañana. Jane está en su cuarto empacando. Te dejamos aquí. ¿Me oyes, Jimmy?
-Massa”
El escenario que nos abre ese diálogo final es la historia de nuestra guerrilla suspendida, aislada, en el espacio del resentimiento que niega el futuro.

Podría continuar jugando indefinidamente sobre este tablero, pero en algún momento hay que decir la palabra final. Espero encontrarlos para seguir jugando entre las puertas infinitas de la imaginación.

Caracas, 11 de Marzo 2009

12 junio 2008

Prometeo, Pandora y la esperanza de la técnica - Una exhortación optimista


José R. Lezama Q.

Para vengarse de Prometeo, por el robo del fuego que entregó a los hombres, Zeus ordenó a Hefesto que forjara en su taller una hermosa doncella que despertara el deseo y que rivalizara por su belleza con las diosas inmortales. A Hermes mandó que llenara a la mujer con desvergüenza y frívolo carácter y a Palas Atenea que le enseñara a la voluble criatura las delicadas artes y oficios femeninos. También le pidió que engalanara la belleza de ésta con el brillo de los encantos amorosos y las más seductoras vestiduras. Por su parte, las Cárites, las Horas y Péitho adornaron la obra de Hefesto con fulgurantes alhajas y con las más olorosas flores primaverales. Concluida la obra, estaba lista Anesidora "la que entrega obsequios", que es la misma Pandora "la bella y ricamente dotada".

Hermes la condujo a los hombres por orden de su padre; la llevó a la casa de Prometeo "el de torvos pensamiento". Era época en la que sólo gozaban y disfrutaban los inmortales, todos vivían entonces como vecinos. En casa de los hijos de Clímene y Jápeto la recibió como regalo Epimeteo "el que sólo aprende del acontecimiento, el irresponsable". Ya su hermano, el vidente Prometeo, le había pedido que rechazara cualquier regalo de los dioses. Sólo después, muy tarde, el imprudente Epimeteo se dio cuenta del grave error. La humanidad, hasta entonces desdeñada, había vivido hasta ese día sin desgracias; no existían las enfermedades o el dolor y mucho menos la muerte. El jarro que Pandora traía consigo como regalo y cuya tapa quitaba delante de los ojos del arrobado y torpe Epimeteo contenía todos lo males del mundo. Como enjambre de abejas, éstos se diseminaron por todo el orbe, para inmensa aflicción de los humanos.

Pero no todo lo que había en la vasija consiguió salir. Atrapada dentro quedó Elpis, la esperanza. Zeus, el de eternos designios había ordenado a Pandora que dejara caer la tapa del jarro cuando aquélla tratara de salir. Desde aquellos días, la caterva de males, siniestra y odiosa, se arrastra por doquier entre los hombres. De día visitan las enfermedades a los humanos y por las noches bregan en silencio; pues Zeus "el de sabio consejo" les privó del don de la palabra. A Zeus, se dice, nadie le engaña, nadie se burla sin castigo de su perspicacia.

La historia es conocida. Es el final del mito de la creación de la raza de las mujeres. Sin embargo, la cólera que produjo en Zeus el desafío del titán más cercano a los hombres también tuvo otras secuelas: Prometeo fue duramente castigado por robar a los dioses el don del fuego y con él paga la humanidad entera su violencia contra la voluntad del destino.

Aunque pudiera dar esa impresión, con estas líneas no pretendo centrarme en el tan manido como falso argumento de la creación de la mujer para desgracia de los hombres. Si bien ciertamente puede resultar interesante una tal divagación, eso no es lo que más me motiva aquí. Por el contrario, y en descargo de una potencial acusación de machismo, pienso que Pandora, justamente por ser autómata, no debe ser considerada todavía una mujer de verdad. De ese modo podemos preservar un tanto a la compañera de los hombres de la falsa y antigua acusación de fatalidad. De Pandora sí podríamos afirmar, sin embargo, que la promesa de la cibernética quizá se cernía ya como amenaza para los hombres con su seductora aparición. Pero ese es otro asunto para otro momento. La verdadera comprensión del problema de los hombres debería, entonces, remontarse hasta más atrás, hasta antes del mito de la aparición de las mujeres.

Ahora bien, lo que realmente me interesa reflejar en estas pocas líneas es la idea de cómo en ese mismo mito de Prometeo y Pandora está presente, con potencia, la idea de la futura redención del hombre a través del mismo hecho que le atizó su castigo. El fuego robado por el titán previsor puede ser en el porvenir la salvación de los hombres, así lo hace suponer la presencia cautiva de Elpis dentro de los bordes de la vasija, obsequio de Zeus. El robo del fuego a los dioses, que se ha asociado siempre con el desarrollo de la técnica, todavía es castigado hoy, si no con penas, sí con fatal incertidumbre. En efecto, la técnica nos ha permitido la construcción de una naturaleza artificial más cómoda, más apropiada a nuestra desvalida condición de animal inerme. También con ella nos hemos fabricado, al mismo tiempo, una artificial sensación de felicidad, de plenitud. Sin muchos inconvenientes podemos asegurar que la técnica ha demostrado ser uno de los mayores logros del hombre, quizá el más grande.

Pese a eso, la actitud del titán, la atasthalia, todavía nos compromete. Basta arrancar un nuevo secreto a la naturaleza para que en nosotros aflore el espíritu del exceso. ¿Debemos quizá rebasarnos siempre?, ¿tal vez sea ese nuestro sino? A veces parece que por la técnica misma nuestro futuro es malignamente incierto, difuso. ¿Debemos acaso esperar para saber quién avanza primero, si nuevamente Zeus, enardecido porque no hemos querido aprender del primer lance, o Elpis, preocupada por la oportunidad perdida?

Es prácticamente imposible volver atrás, la técnica nos atenaza cada vez más. Sería ridículo pensar que el freno que debemos imponer al peligroso desarrollo de la misma sea simplemente el propósito de no seguir adelante con ella. Ello significaría una sustracción voluntaria a una de las dimensiones en las que el hombre siempre se ha mostrado y se muestra como tal. Paradójicamente, la técnica no es buena o mala. Con seguridad, en ella misma deben estar los mecanismos para poder continuar dominando la naturaleza, pero ya no con la vehemencia del titán que todo lo atropella por la afirmación de su voluntad, sino con la responsabilidad del verdadero Prometeo, con la previsión que su nombre evoca. La técnica simplemente es, pero la voluntad que la dirige sí puede ser juzgada como buena o mala. El mal o el bien que se le adjudica a la técnica, pese a cualquier opinión contraria, tiene nombres y apellidos.

Se dice que Prometeo nos ha redimido con su castigo; arrepentido por su insolencia ahora nos invita a mirar con más tino la necesidad de futuro de la especie humana. Él se sacrificó por nosotros, por la entera humanidad, pero sería triste que repitamos la historia. Por su parte, Epimeteo continúa vivo, todavía deambula por el mundo de los logros humanos. Pero ahora, vestido de orgullo y de interés egoísta, habrá de ser temido más que odiado. Imprudencia, apuro, afán contumaz, esos son otros nombres para el Epimeteo de hoy.

Los desastres que el hombre ha llevado a cabo mediante el irrestricto uso de la técnica sólo tienen solución por medio de la misma técnica. El homo faber se ha creado los problemas que sólo él puede resolver. El círculo se va cerrando y la suerte está echada. Entonces, por qué seguir condenando ingenuamente el desarrollo técnico, por qué no pensar que él es también Elpis, la que encerrada clama por salir de su oscuro cautiverio. Los designios de Zeus, como siempre, han sido sabios. Su castigo conlleva el paliativo del anhelo de bien, del buen final. La técnica también es, por supuesto, esperanza y no sólo infortunio. A esa idea tal vez debemos aferrarnos para no perder de vista el horizonte.

Oscurecernos el cielo ante los desarrollos de la técnica actual, contemplarlos como langostas que pronto nos devorarán y encerrarnos en nuestras casas (¡donde, por cierto, no encendemos viejos candiles de aceite!) no es tal vez la mejor respuesta, ni la mejor reivindicación que todavía debemos al titán. Para seguir adelante, pero para seguir bien, habrá que insuflar en el espíritu de los modernos taumaturgos de la técnica la prudencia y la paciencia que no han tenido nunca los titanes. Y tal vez eso sea necesario justamente porque no somos titanes, sino hombres. Todavía estamos sujetos a la muerte futura y segura. Ha llegado, entonces, el momento de detenernos a pensar cuán rápido queremos que ésta llegue.


José R. Lezama Q. (1973)
Es Investigador-Docente del Centro de Investigación Humanística de la Universidad Católica Andrés Bello. Allí coordina el Área de Formación en Ética Profesional. Es también profesor de las Escuelas de Filosofía, Comunicación Social y Educación, así como del Postgrado de Educación en Valores, en la UCAB. Es autor de Antropología, Bioética e Ingeniería Genética (2002) y coautor de Educar para Vivir (2003), Globalización: Visiones y Desafíos (2007) y La Ética y sus Contextos (2008), entre otras publicaciones.

Del mito y los inicio de la filosofía

Lorena Rojas Parma
Si bien el término “presocráticos” no es del todo exacto, como es bien sabido, vamos a seguir la tradición que denota con aquél una filosofía anterior a la de Sócrates; aunque algunos filósofos, como Anaxágoras o Demócrito, que suelen ubicarse dentro de este grupo por razones temáticas más que cronológicas, no pertenezcan a un tiempo anterior al de Sócrates.[1]

La cuestión que generalmente se plantea cuando se inicia un estudio sobre los orígenes de la filosofía griega, consiste en preguntarse cómo ocurre el “paso” del pensamiento mitológico tradicional al pensamiento racional o filosófico, esto es, cómo se da el tránsito “del mito al logos”, como reza el célebre estudio de Nestlé. Sin embargo, ya desde principios del siglo XX, pero especialmente a medios del siglo, comienzan a aparecer importantes estudios que se aproximan al mito no como expresión de la mentalidad arcaica y primitiva, sino como el contexto y el antecedente de las primeras preguntas filosóficas.

El origen de la filosofía se identifica con Tales de Mileto, en el s. VI a.C. Con él efectivamente notamos –a partir de los poquísimos testimonios que nos han llegado- un sentido distinto en su reflexión y comprensión sobre el mundo; la pregunta que le hace a la realidad y también la respuesta que encuentra, no son ya, digamos, “míticas”, sino más cercanas a la experiencia sensible y directa del hombre, a lo que tradicionalmente llamamos más “racional”. Si bien en Tales reconocemos una aproximación más filosófica que mitológica o poética, no puede esto suponer, sin embargo, que Tales ha roto, sin más, con toda su tradición y con el espíritu del contexto en el que ha vivido para así, entonces, dar “un paso adelante” hacia lo racional. Recordemos que los poetas eran los cantores tradicionales de las verdades del hombre, desde tiempos muy remotos, y que su autoridad educaba a toda la Hélade. El “paso adelante” supone, por lo demás, un desprestigio de la tradición poética que hoy, no sin debate y discusión, es problemático sostener. Esto no quiere decir que los primeros filósofos no se hayan distanciado –o incluso atacado- la religión homérica tradicional, quiere decir que en ellos siguen vivos elementos poéticos y mitológicos en la expresión de sus concepciones filosóficas.

Cappelletti sostiene al respecto una de las tesis que hoy reconocemos como más admisibles: los presocráticos son una transición del pensamiento mitológico hacia el racional. En otras palabras, aún se conservan elementos míticos y poéticos en Tales, Anaximandro o Parménides. Así, por ejemplo, Anaximandro nos hablará del poder de Chronos y Parménides escribirá un poema con una diosa que le revela la naturaleza del ser. Pero si bien hay elementos poéticos reconocibles en los primeros filósofos, ocurre que en la poesía también hay preguntas, argumentos y tensiones que no están ausentes de lo que reconocemos como reflexión filosófica.[2]

Los poetas no están de espaldas a las grandes preguntas por el hombre y su existencia, y son portadores, con la misma universalidad, de verdades poéticas, que sólo con un sentido posterior y analítico podemos separar definitivamente de las filosóficas. Hoy en día, sin embargo, las reflexiones sobre los orígenes de la filosofía han hecho cada vez más frágil la línea que divide el pensamiento filosófico del poético, y con ello, han contribuido a solventar un poco la idea según la cual el mito o la poesía tienen poca relación con el pensamiento racional o la verdad filosófica; como si la racionalidad que acompaña al mito –que nos enseña y nos enseña con belleza-, como dice Foucault, fuese extraña a la razón filosófica. Platón nos mostrará la falsedad de ese argumento y, así, cómo la belleza del mito nos enseña allí donde el logos parece denetenerse o ser insuficiente para transmitirnos una verdad como la de la inmortalidad del alma o la unidad espiritual de la Belleza.

Esta perspectiva no busca, ni mucho menos, asumir que no hay diferencia entre Tales, sus seguidores y los poetas. Lo que aún nos asombra es precisamente que haya aparecido un Heráclito que escribe enigmas en un tono “oracular”, o un Parménides que escribe un poema en dialecto homérico, aunque él sea de Magna Grecia. Nos asombra la profundidad de la pregunta y la respuesta filosóficas, y que incluso hasta bien entrado el siglo V la influencia poética haya seguido siendo tan profunda en algunos importantes pensadores, como el mismo Platón. Con dificultad podemos sostener hoy que la aparición de Tales o Anaximandro –de la filosofía- haya sido mágica o milagrosa: sin omitir las razones históricas –como sus viajes y el descubrimiento de otras culturas-, y el mismo espíritu especulativo que caracteriza a los griegos, el largo cultivo poético confiado a la memoria –a la diosa y madre de las musas Mnemosine-, los hallazgos y complejos cuestionamientos de poetas y cantos de rapsodas, la creencia espiritual en las musas, forjaron el camino para la mirada reflexiva de la filosofía que comenzó a preguntarse por el orden del universo, más allá de la intervención de Zeus.

Es así que ante las tesis que suponen un paso definitivo o al menos nítido del mito al logos, o una superación de lo religioso por lo racional, hoy han ido tomando importancia propuestas como la de Giorgio Colli, para quien la raíz misma de la poesía y la filosofía es común, asumiendo que el conocer encontró estas dos vías de expresión sin que se excluyan o “se superen”; o la de Gadamer para quien el mito es la narración que se revitaliza cada vez que lo reinterpretamos desde nuestros propio horizonte.

De allí que se nos vuelva difícil responder a las preguntas ¿qué es lo absolutamente poético y qué lo absolutamente racional en los primeros filósofos? ¿Dónde se traza esta línea tan nítida entre ambos saberes que permita dar un paso de un espacio al otro? En la filosofía que ahora nos ocupa, en lugar de ver divisiones vemos, más bien, implicaciones: la verdad filosófica, en tanto que filosófica, no es extraña, sin embargo, a la poesía y a los saberes conservados en la oralidad de la memoria. Los versos de Empédocles guardan una poderosa visión filosófica que además de conciliadora, es hermosa; el proemio del poema de Parménides es la narración de una experiencia religiosa, colmada de maravillosos detalles literarios, que nos conduce, junto al filósofo, al misterioso encuentro con la diosa; Heráclito, con sus profundos enigmas, es el portavoz de un Logos divino que todo lo regula.

Lo que sucede con el pensamiento de esta primera época, pienso, es que las verdades filosóficas no son producto exclusivo de la razón para que, sólo así, puedan ser conocimiento. Aún no se ha escindido radicalmente el logos del pathos, o de la imaginación; en cierta forma poesía y filosofía se implican. Pero si se implican es claro que ya no estamos hablando de lo mismo. Por lo demás, la poesía seguía teniendo para la época la autoridad de la verdad; los cantos de los poetas y los rapsodas revelaban verdades desde todos los tiempos; y fue con Sócrates, en el siglo V, cuando por primera vez la poesía –y lo que hoy llamamos arte- necesitó de justificación y legimimación.[3] La manía de los rapsodas, y las verdades reveladas desde ese entusiasmo, comenzaron a necesitar razones, principios o demostraciones. Aún no es ésa, sin embargo, la atmósfera de los primeros filósofos. La complejidad de esta transición o implicación podría sugerirse en uno de los fragmentos de Heráclito: “El dios quiere y no quiere ser llamado Zeus”.

Pero si bien los poetas no son llevados a la palestra por los milesios,[4] no es menos cierto que pronto serán el blanco de duros dardos por parte de filósofos como Jenófanes y Heráclito. En ciertos momentos, parece que los filósofos son portadores de su propia poesía.

Un último comentario es preciso para aludir, brevemente, a la cuestión que se pregunta por qué aparece la filosofía en Grecia y, más específicamente, en Mileto. Diversas son las razones, históricas y culturales, que pueden darnos explicaciones al respecto. Sin embargo, es imprescindible hacer mención especialmente de la naturaleza de la religión homérica. Los poemas de Homero eran uno de los elementos esenciales que unificaban espiritualmente a la Hélade, hacían a sus miembros copartícipes de una cosmovisión unificante que, religiosa y poéticamente, era portadora de certezas que daban un cierto orden y sentido a la vida. Es muy importante reflexionar sobre el hecho de que los textos religiosos eran poemas recitados libremente por rapsodas, quienes, según sabemos, para hacerlo virtuosamente, debían estar iluminados y entusiasmados –o al menos asistidos- por la musa o la divinidad correspondiente. Es así que ofrecían hermosas y variadas versiones de sus dioses y cantaban los versos de Homero.

Si hablamos de rapsodas libres, de poetas y de estados de entusiasmo, es evidente que no nos podríamos referir a algún tipo de ortodoxia religiosa, con poder de restricción, que imponga una interpretación de los textos sagrados como la única verdadera. En la religión homérica no hay una institución análoga al clero cristiano, por ejemplo, como grupo encargado de conservar la verdad unívoca de los textos. Hay una relación más libre, por así decir, con las verdades poético-religiosas. No hay que perder de vista, por lo demás, que la realidad territorial de la Hélade son las poleis, y que la polis –ciudad estado- implica –al menos una democrática como Mileto- “[…] libertad y contrastación de ideas; el logos de la polis patentiza la unidad de la diversidad, de la oposición de las clases sociales […] el ágora, centro de la polis, es el lugar de la concertación libre y de la expresión de la diferencia”.[5]

Pero, en definitivas cuentas, todavía tenemos que enfrentar la pregunta: ¿por qué la filosofía comienza con Tales, Anaximadro y Anaxímenes? Es el mismo Aristóteles en el libro A de Metafísica quien da inicio a su investigación filosófica con los milesios. ¿Qué es lo que lo motiva a ver en Tales y sus conciudadanos el inicio del pensar filosófico? No se trata, por supuesto, de una pregunta que pueda contestarse de manera única y definitiva. Pero sí podemos pensar en lo que esto nos sugiere acerca de lo que es filosofía y así aproximarnos a una posible respuesta, entre muchas otras que guarda esta profunda y compleja cuestión. En este sentido, comparto la opinión de Conrado Eggers cuando apunta al afán de “medida” de los milesios. Aristóteles ha podido empezar con Solón, Pisístrato y Clístenes.[6]

Ciertamente, ¿por qué no una “escuela de Atenas”? Salvando las distancias con la mención de la “escuela”. Tales fue geómetra, descubrió un teorema, fue el primero en calcular la altura de las pirámides, predijo y explicó eclipses. Hay una intención distinta que se muestra en este hacer del conocimiento, que efectivamente no la vemos en un Esquilo o un Solón, que mide y ordena el mundo. Puede entonces hacerse la pregunta propia de estos filósofos: ¿cómo es posible este orden del universo?

Por su parte, Anaximandro inventó el reloj de sol, calculó solsticios y equinoccios y fue el primero en dibujar un mapa de la tierra que los griegos conocían. Diógenes Laercio dice que fue el primero en dibujar el perímetro de la tierra y del mar, y también fabricó una esfera. Que la filosofía empiece con Tales no significa, como se ha dicho ya, que antes no existan reflexiones filosóficas; pero desde ahora:

[…] hay un tipo de filosofía que ya está consciente de que hay que medir todo, de que hay que ordenar todo, de que no es cuestión simplemente de escribirlo, así, mitológicamente, porque la palabra griega que corresponde a esto es mythos, y quiere decir también ‘narración’[7]


Es precisamente por ello que hay una diferencia importante entre el “narrar” del mito y el del logos: la del mito es una narración que se aboca a la vivencia, con emoción. El logos de los milesios, a diferencia del mito, está tratando de “ordenar”, de “dar cuenta de”, de “calcular”. Eso es lo que los hace, a los ojos de Aristóteles, los primeros filósofos.

De esta manera, los filósofos convirtieron al mundo, a la realidad, también con los pitagóricos a la cabeza, en kosmos –orden y belleza-. Ordenado, el mundo se hizo medible, calculable, contable. Con los pitagóricos es incluso más notable: hicieron del número, el origen del kosmos. Con todo, la tensión maravillosa entre estos dos tipos de narración va a perdurar, al menos, hasta las obras maestras de Platón.

Lorena Rojas Parma.
Magister en Filosofía (ULA, 1999) y Doctora en Filosofía (USB, 2006). Profesora de Filosofía Griega en pregrado y postgrado en la Universidad Católica Andrés Bello.
[1] Comparto la opinión de A. Alegre sobre la ubicación de Sócrates como el antes y después de la filosofía. Se dice frecuentemente que con Sócrates comienza la filosofía a tratar acerca de problemas humanos, lo que no es del todo cierto, pues, como bien apunta Alegre, esos temas ya estaban en el ambiente. En realidad, se hicieron recurrentes e importantes con la llegada del movimiento sofista –aunque ya la tragedia se había encagado de plantear graves problemas humanos-. Asimismo, es siempre válida la pregunta del autor: ¿por qué no se ubican tradicionalmente a la sofistas –y sí a Demócrito, por ejemplo- dentro de los “presocráticos”? Cfr. A. Alegre, 1997, p. 52. Como veremos, podríamos hablar, quizá con más rigor, por ejemplo, de filosofía “pre y post parmenídea”. Asimismo, Nietzsche usa el término “preplatónicos” en lugar de “presocráticos” y lo justifica con este argumento: hasta Platón, tenemos una cantidad de filósofos que es, cada uno de ellos, originalísimo; y es Platón quien nos presenta una filosofía que recoge considerablemente las influencias de sus antecesores. Lo considera un “carácter mixto”. Cfr. F. Nietzsche, Los filósofos preplatónicos, p. 19.
[2] Con respecto al inicio de la filosofía a partir de Tales, C. Eggers, 1997, pp. 55-56, señala lo siguiente: “Esto para mí es completamente exagerado; […] básicamente pienso que hay que retrotraerse por lo menos a Homero, porque encontramos unas temáticas muy ricas para la filosofía ya en Homero […] y además yo también incluiría a los trágicos, que también tienen una filosofía […]”.

[3] H.-G. Gadamer: La actualidad de lo bello, 1979, p. 10 y ss.
[4] Aunque, ciertamente, como señala Jaeger, los milesios al atribuirle características propias de los dioses a su noción de physis, como la inmortalidad, están apartándose de lado la tradición homérica. Cfr. W. Jaeger, La telogía de los primeros filósofos griegos, 1992.
[5] A. Alegre, 1997, p. 51.
[6] C. Eggers, 1997, p. 56.
[7] C. Eggers, 1997, p. 61.