08 octubre 2011

piropos*

Octavio Armand*


1


Una cicatriz blanquecina casi perfectamente circular en el labio inferior, comisura izquierda, rememoraba durante la afeitada cotidiana el costo de su militancia.

__  Es una medalla, decía.

El padre se la había colgado cuando por tercera vez lo sorprendió fumando en el traspatio. No contento como en las ocasiones anteriores con arrancarle el cigarrillo y darle un par de sopapos, en medio de arias que partían de coños carajeados hacia un impreciso infinito de notas mucho más agudas, tomó el cigarrillo, lo volteó y colocó la punta encendida en el labio, rozándolo apenas. Ahí lo sostuvo como un do de pecho hasta que el tufillo de carne chamuscada le recordó el incendio de Roma y las antorchas que a destemplados gritos alumbraban la noche pagana.


__  ¡Qué beso! ¡Eso sí fue un beso!

Perdió un par de batallas pero ganó la guerra. Porque nunca dejó de cultivar los vicios esmeradamente y en plural como si se tratara de hortalizas. Bebía de todo, hasta agua. Y seguía de incesante chimenea pese a los esfuerzos simultáneamente bomberiles y pirómanos del padre, aunque alternaba la leña de fugaces cigarrillos con lentísimos habanos y aromáticas hierbas. En cuanto a las hembras, no perdonaba una.

Jamás hablaba de sus aventuras, sin embargo. Los amigos sospechaban despecho al oírlo canturrear ciertos boleros. Boda negra, en bordoneado Cisneros, Boda gris, en acento Membiela, o Piensa en mí, en Lara mayor, significaban rupturas definitivas. Tergiversados versos de Martí revelaban la esperanza de enderezar el rumbo torcido de algún reciente amorío.

Bacardí carta blanca
y ginebra Martin Miller's
para el magnate sin cero
que me ofrece una palanca.
Y para la cruel que me arranca ...

Con un resonante y contagioso ¡Hoy alegre, mañana bien! le ponía buena cara a la primera madurez de Matusalén; y feliz de la vida pese a los avatares del exilio, abusaba aun más del Apóstol, infamándolo al ripostar las rituales indagatorias acerca de la salud y el trabajo con un nada marmóreo pero sencillo ¡sin patria pero singamos!


2


Ni el alcohol ni la nicotina prevalecían. Un tercer fuego lo consumía con mayor intensidad. Llamas rubias, casadas, esbeltas, viudas, trigueñas, solteras o bajitas, pretendían reducir a ceniza la salamandra que resistía altísimas temperaturas sin rendirse a destiempo. Esa salamandra no tenía forma de corazón sino de variable fuelle, luciendo un capullo cónico que solo se abría por prolongación del tallo, como si los pétalos decisivos desearan permanecer enterrados, ocultos como raíces flamencas en el cuerpo a cuerpo hasta la rendición de Breda. Era algo así como su pica en Flandes.

__  Siempre quiero pero nunca me enamoro.

Ofrecía su cuerpo, lo sacrificaba en el altar del placer ajeno, que era el suyo, para sentir que merecía la amistad de las mujeres. De todas y cada una. Fue feminista antes de las feministas que premiaron su machismo solícito a partir de los 60. Por eso recordaba con orgullo de macho dos piropos, en realidad nada paradójicos aunque sí inusitados.

Eres una puta, le había dicho una puta al extender su piel como sábana limpia y rechazar la billetera donde hasta entonces, masajista marxista, había agarrado según sus necesidades.

__  Quiero que todos mis poros sean tuyos, uno a uno.

El segundo piropo lo había sorprendido durante una jornada que comenzó en singular y terminó en plural. Se había ido a reunir con Sofía, casada pero cansada del marido, cuyos frecuentes viajes proporcionaban oportunidades nunca desaprovechadas para incumplir como Dios manda el sexto mandamiento.

Una variante concebida y premeditada tiempo atrás pero de lenta maduración babélica a pentecostal persuasivo finalmente tendría su ejecútese ese día. Al añorado ritual le faltaba un ángulo y de hecho un lado, mucho, trop, troppo, too much, viel, zu viel, demasiado, para las obsesivas pretensiones euclidianas.

__   Esto es como volar con muletas, le decía a S.

__   Coopera y no critiques, ripostaba ella, dispuesta a ponerle alas al asunto.

El empeño de diseñar un eficiente aparato volador para el afiebrado pero cojo ritual, ocupó a S casi tanto como a Leonardo, cuyas frecuentes adquisiciones de pajaritos enjaulados, lejos de consumarse como reiterado homenaje a Uccello, atizaban agudas observaciones sobre el vuelo de los pájaros.

Leonardo compraba ruiseñores, canarios, azulejos, tordos, hasta cuervos, en los mercados de Milán o Florencia para liberarlos con el mismo puño que los apresaba en líneas. Pero esa libertad graciosamente concedida permitía el recurrente examen del vuelo ab ovo, por así decirlo. La perspectiva renacentista, encarnada por un instante en el tembloroso puñado de plumas levantado y sostenido a la altura de los ojos, gozaba el punto de fuga desde el punto de partida, precisando así la mirada, desde el impulso inicial del aleteo que vencía a la gravedad, la deslumbrante línea del infinito.

El helicóptero, el planeador, el avión, sueños del artista que no quedaron en el tintero pero tampoco pasaron del papel, serían estrenados ese día por S en su triángulo de sobresaltos artesanales, al sumarse el lado faltante, elusivo hasta que dejó de serlo. La ciencia acumulada en la piel durante largos meses celebraría al fin en axiomas los sesudos cálculos; y S se sentiría gloriosa en un paraíso propio y prohibido, encaramándose en nuevos números hasta remontar el infinito, genial Cantor del trío al cabalgar un gemido para romper la barrera del sonido y el sucesivo brillo de los ojos para lograr velocidades superlumínicas.

__   Ya he resuelto lo de las alas. Tú tendrás que poner la propulsión a chorro, le dijo al abrir una sonrisa con la puerta. Baja a ver.


3


La tarde que se conocieron, él adivinó y luego comprobó la pícara originalidad de S. En mesas contiguas de una vieja taberna del Village compartían canciones sin palabras, provocadores perfiles y reojos destinados a entrechocar como copas de champaña en un brindis. La metáfora, nada caprichosa, anticipa la secuencia detonante del relato, pues el primer tintineo verbal de la pareja fue provocado literalmente por un exceso de cristalería. Un accidente propicio que coronó las insinuaciones.

El tropezón del mozo, efecto favorable para una involuntaria y sorprendente carambola, o en billar aristotélico, causa eficiente de efectos simultáneos, o casi, ya que es sumamente difícil medir la metafísica sucesiva entre el invernadero y la mariposa, o la mariposa y el invernadero, resultó ser afortunado. Habría que rematar los silogismos concluyendo que solo del carcaj y las carcajadas de Cupido se pudiera haber disparado tan certeramente la secuencia, aunque nadie lo sospechara en aquel rincón de escamoteada justa medieval cuando aún rodaban las flechas redondas y numeradas, y chocaban alegremente torneados colores y cifras feudales, batiendo las bandas de fieltro verde.

Estremecido, el ambiente tuvo que pasar de tango a media luz a farol completo para evitar heridas que no se debieran al travieso flechazo infantil. Pero ya el daño estaba hecho. El estrépito de botellas y vasos comunicantes había atraído con total frontalidad al perfil de la muchacha, que así al cabo de los años las llamaría él a todas, siempre y cuando no sobrepasaran decididamente la cincuentena.

A punto de bautizarse gracias al vidrio, la futura S se volteó hacia el caos espumeante, enfocando sin parpadeo la sonrojada portañuela de los pantalones salpicados, donde la humedad morosamente fijaba su torpe pero caudalosa geometría.

__  ¿Se te botó la cerveza?

Franco bebedor de oporto y devoto de Kairós, él aprovechó la ocasión para tender un puente de sonrientes complicidades sobre los vidrios rotos que iban a dar a la mar, insinuando que el despilfarro del cereal no se debía a lo poco derramado sino a lo mucho consumido.

__  Ha sido algo peor. Si prometes no decir nada, esta noche será grata.

Ella sonrió y ladeó coquetamente la cabeza, como una reina tan acostumbrada a las revoluciones que su cuello era idéntico al filo de la guillotina. Poco después, tras pedir la cuenta y dejar una jugosa propina al suplente del alado, se acercó a la otra mitad de la noche incipiente con la cabeza otra vez ladeada y la misma sonrisa.

__  Cumplí mi promesa. ¿Acaso has olvidado la tuya?

El también sonrió y ladeó coquetamente la cabeza, como para reflejar la de ella por primera vez en un espejo incondicional; y selló soberanamente la cita inmediata invirtiendo la profecía de un rey.

__  Después del diluvio, me, moi, yo.

Todavía eran apenas pronombres pero ambos sabían que en la esquina, o antes, iban a tomar un taxi hasta una cueva nada platónica. Ella preguntó si de veras podía contar con él esa noche. Pie de página a su rotunda afirmativa, él adelantó el jocoso interrogatorio que revelaba un orden de sabias preferencias.

__  ¿Eres viuda?

__  No.

__  ¿Divorciada?

__  No.

__  ¿Estás casada?

__  Sí.

__  Lo siento.

__  Yo también.

En la 78 y Lexington hubo freno y desenfreno desde las seis y media aproximadamente. Freno en la calle al pagar el taxi; freno todavía en la acera y en la breve escalinata del portal; freno a duras penas al abrir la pesada puerta del edificio; y desenfreno absoluto a partir de las escaleras, más discretas que el ascensor cuya ventanilla piso a piso azarosamente se transformaba en probabilidades de espionaje, aunque fugaz, telescópico.


4


En cuanto una breve llamada anunciaba que tenía lecho y comida durante una semana, tres días o un par de horas, se mudaba a la 78 y Lexington. Se encerraba para los placeres que la cónyuge cada vez más ajena pedía a la carta, señalando a gusto en el menú entradas, platos y postres. S literalmente llegó a elaborar un menú de su puño y letra, que colocaba en el sofá, la cama o la bañera, según la ocasión.

Al principio se trataba de una gastronomía previsible donde apenas se insinuaban condimentos exóticos o viandas importadas de las antípodas entre los abundantes guisos franceses. Poco a poco sin embargo fueron asomando como pentimentos sabores que habían sido precavidamente disimulados o borrados por el paladar timorato.

S empezó a arrancar y a mostrar páginas de un secreto kama sutra, insinuando que deseaba compartir el sánscrito de sus placeres solitarios. La solidaridad que halló de inmediato en su complaciente sadú la estimularon para acometer una desmesurada empresa: la reconstrucción a plazo y lamentablemente siempre inconclusa de los imponentes templos de Khajuraho en el limitado metraje de su tenaz apartamento.

El hambre y las ganas de comer se juntaban en aquella degustación. Glotona, ella era el hambre. Sin vacilación Spengler hubiera calificado como fáustico su apetito de infinito. Solo tenían límites los límites. Partía de los excesos hacia metas inagotables, explorando como una amazona selvas que se convertían en ríos y ríos que desembocaban en el dilatado pico de un zumbete o las salpicadas manchas de un jaguar. Desmesurada Midas, cuanto tocaba se convertía en poro, erizamiento, nervio.

Todos los caminos conducían a la cama. O al sofá. O a la mesa. O al piso. O a la azotea, donde más de una vez al caer la tarde pidió que se quitaran la ropa y el frío, todo, como para que la ciudad entera deseara a la mujer del prójimo. Como una diosa, exigía sacrificios galos y rituales tibetanos. Buscaba la eternidad en el instante. En su sensualidad no había pecado, porque su cuerpo era una religión y el placer un estado de gracia. Tenía la inocencia de la piel en la imaginación, hasta en el alma. Conocerla era una absolución contundente.

¿Exceso? Es sexo, traducía. Ergo es bueno, como Dios. Era la piel por dentro y el pensamiento a flor de piel. Al desvestirse parecía un paisaje, un cuadro que había que retocar con santos óleos, una nube de mil formas caprichosas batidas por la persistente desviación de Coriolis, o una caricia enmarcada en la ventana abierta de par en par. Mientras más se vestía, más desnuda quedaba.

__  Qué bien te queda la ropa que te quitas, le decía él con voz azogada.

__  Por ti me desollaría, contestaba la imagen, como si el cuerpo pesara demasiado para vivir sus propios sueños.

El hombre propone y dios dispone, subrayaba con malicia cada vez que sugería un capricho. El le advertía ni tú eres hombre ni yo soy dios pero la complacía en todo, acatando el sexo como mandamiento. Aunque impartía sus atisbos doctrinales con involuntaria solemnidad, S no se enojaba con el irreverente compañero cuando, fiel al gentilicio, traspapelaba las cosas, proclamándose socarronamente caballero templario tras aludir metátesis mediante a los templos del carajo. Así la confusión del sexto sentido femenino con el sexo sentido de ambos géneros, exceptuado el tercero y neutro, renovaba los bríos.

El la quiso sobre todo por la didáctica instintiva. Gracias a la ejemplar mayéutica aprendió a desnudar ambos lados de la piel hasta quitarse de una vez y para siempre la pesada toga del juez, estrenándose como macho sin machismo. Facilitó el aprendizaje su aguzado instinto procreador, que nada debía al culto de las generaciones. Se diría que hacía caso omiso al futuro o que lo consideraba un estorbo para la conjugación desenfrenada del presente vivido a plenitud, pues se entregaba como un sadú a la estaca.

__  Danda y dando, decía.

Ya nunca se preguntaba por qué en sus días y en sus noches tenía más peso la amistad que el amor. Lógicamente, había concluido sin visible melancolía, siempre tendría menos amigos que amantes. O para decir lo mismo al revés, siempre tendría más suerte en el amor que en la amistad. Por algo se había hecho cómplice de todas sus mujeres o ex mujeres, acaso con alguna excepción. Así son los dados, cubilete, razonó perentorio y pellizcando por envite al gentilicio, para agitarlo.

Su vano intento de abolir el azar era admirable y fecundo, pues al recorrer a su manera los senderos de la intimidad, en cada amante hallaba una y otra amiga, que era la misma pero crecida en la multiplicidad de un yo que renacía menos excluyente, como si el marco de sus pasiones permitiera un mayor apogeo a los sumandos y una abundancia pronominal que sin desgastarse abarcaba hasta las sombras. Las amigas no dejaban de ser amantes, pero podían lucir una lealtad libre y sin límites, donde los celos cedían la manía curiosa a pesquisas sin prerrogativas extenuantes, hasta derivar el placer compartido hacia nuevas complicidades, más provechosas y singulares.


5


S titubeó al confesar el deseo de probar un nuevo postre, pues la receta precisaba toro de larga duración y para colmo a la vecina. Era un soñado Tres leches de altísimas calorías.

__  ¿Acaso pretenderás reducirme a agente catalítico en tu alquimia? ¿a eunuco de tu gineceo? ¿a marico mujeriego?

__  No, no y no. Tranquilízate. El ingrediente fundamental eres tú. No serás catalizador sino catador de vinos sucesivamente conjugados.

S se sonrojó y luego palideció como una rosa que alternaba colores, temiendo que el confesor no la absolviera o decretara interminables penitencias. El la tranquilizó inmediatamente, eximiéndola de titubeos, penas y rubores epicenos, con un discurso que convirtió al lecho desarreglado en una academia de ciencias inexactas.

__  Las jibias prenden tornadizas acuarelas para relampaguear como horóscopos irresistibles en las profundidades. Y los pólipos no hermafroditas sueltan huevos y esperma separadamente, para que a ciegas se reúnan en la noche seminal. De ese azar, de ese caos genético, a la pareja enamorada y la monogámica genética exclusiva, media la historia de la humanidad. Solo lo orgiástico, que paradójicamente perdura sobre todo en los placeres solitarios, permite revivir esa noche. O soñarla, pues ni los pólipos, ni las jibias, ni ningún otro animal sienten el jalón de lo orgiástico, con toda probabilidad porque carecen de un lenguaje que permita compartir promiscuamente los pronombres, esas sombras ambiguas del cuerpo.

La confidencia fue un hito en la relación, que por la dinámica de sus propias reglas y compases se enrumbaba hacia la comprobación práctica del teorema de Pitágoras. La geometría plana saltaría del pizarrón luctuoso a rombos festivos, atizados por isósceles, equiláteros y escalenos de variables ángulos.

La vecina que aportaría el lado faltante, llamémosla T para sugerir un encadenamiento alfabético, vivía dos pisos más abajo, en una zona recóndita y por lo tanto casi imperturbable de la catacumba. Era guapa, simpática, curiosa, solitaria. Ya había sido catequizada para la nueva secta pero aún no conocía el rigor de los sacramentos. Soñaba el bautismo pero temía la confirmación y sobre todo la comunión de los santos, insegura de las crudezas de la penitencia y las bondades de la absolución.

S le había hablado del evangelio, canonizando al cofrade que la visitaba con sospechosa frecuencia y luego desaparecía, según las circunstancias, que eran siempre una y la misma: Tiberio, Calígula, Nerón, él, el innombrable en cuyo palacio se había montado un circo de espaldas al romano, feliz para fieras gladiadoras y doloroso para simples espectadores. O al menos para uno, el extemporáneo emperador del hielo.

Analizada, la estrategia ladraba como un tenedor de dos colmillos sus propósitos, incisivos y concomitantes. Exponía como sueño manifiesto un tanteo de escasas complicaciones: tener prestado una covacha de emergencia abajo por si la púrpura demorara una insoportable temporada sin recorrer las fronteras. Pero asomaba cada vez con mayor insistencia el profundo sueño latente: tener arriba, o al lado, o debajo, según el trazado conveniente, otra leona para el coliseo que aún no rugía plenamente, corto del tres euclidiano.

S, que tenía mucho de Talleyrand y algo de Fouché, adelantaba las piezas sobre un tablero cada vez más picante. Conversaciones, susurros, exámenes, juicios destilados de la corte de Leonor de Aquitania, con lúpulo para mitigar los aumentativos grados veraniegos que la vecina padecía. A su compañero, tan predispuesto a rezar, le recomendaba que probara a T, ofreciéndola como un probable crucifijo milagroso. Sincronizaba esa recomendación con otra, paralela y convergente, pero orientada a la dueña del verano. Generosamente envolvía de regalo los relinchos del isleño a la curiosa y perpleja visitante; garantizando, para apaciguar los mermantes escrúpulos y las previsibles dudas, que el leño no era de uso exclusivo y que su celo de fémina enamorada era permanente pero estrictamente animal. Eran estas las premisas inexorables de un silogismo que ansiosamente avizoraba la conclusión.


6


Lo primero se logró en un santiamén.

__  Perdona el abuso, insistía. No se trata de un desalojo. Puedes quedarte descifrando jeroglíficos, escuchando corales vienesas, haciéndonos la guerra y la paz, cocinando sola el tiempo perdido, o trajinando la flor del Gnido, como quieras. Estás en tu casa.

Pero T optaba por la calle, temerosa, como luego confesaría, del imantado aullido de los lobos. Pronto sin embargo desatendería la relectura de Plauto; o rectificaría, redomada feminista, su célebre conseja según la moda del día. En las hazañas de S celebraba que el hombre fuera tan lobo para la mujer que despertara afanes de licantropía, y no de lobotomía, como inicialmente sospechara. Así deslizó la posibilidad de recibir visitas del cubano, pero solo si él de veras quería y podía alborotar otro foco guerrillero.

Tanto suspiraba por la sabrosa contigüidad del orden alfabético, que S despachaba a su embajador plenipotenciario al tercer piso cada vez que el legendario legionario atravesaba el arco de Trajano. Preclara, lo conminaba a trajines hispánicos y galos en la colonia, a veces aún antes de cumplir su faena imperial, consciente de que para que se encontraran los catetos el ejercicio exigía la longitud exacta de la hipotenusa.

__  Baja, que te están esperando.

Y el embajador, que hasta entonces solo fungía como tal por bajar tan gustosamente a su zona tórrida, atravesaba el escalonado Mediterráneo hasta Cartago para conquistar otra loba rómula y rema con el filo simultáneo de la espada y la palabra.

T fue complacida y complaciente en todo, pero reculaba cuando se ponía sobre la sábana el tema euclidiano. De memoria se sabía la partitura de la solista; y como soprano o mezzosoprano se lucía a dúo, pero nunca había interpretado cantábiles en trío. Le pidió al tenor que durante la sesión didáctica explicara detalladamente los misteriosos silencios, el ritmo maestoso, los acordes con sus arpegios titilantes; y que volviera una y otra vez al intrigante allegro sí sí sí sostenido que tan visiblemente la conmovía.

Al escuchar ciertas notas, la solfista palidecía como si la hubieran degollado. Pero la palidez de la discípula no engañaba, pues era sumamente fácil adivinar que la sangre disciplinada solo se derramaba por dentro, hacia dentro, corriendo por las sobresalientes venas musicales, el pulso sofista acelerado al máximo, hacia un punto crítico, fulminante. T estaba casi lista para entonar el trío.

¿Cómo inaugurarlo? La diplomacia fingía que eran espontáneas y secretas las opciones que S y T alternativamente iban sugiriendo para los Países Bajos. S adelantó la posibilidad del testimonio a distancia, aprendido de un rótulo frutero que siempre obviaba, ver y no tocar. Ella misma, o T, en el tercer piso o en el quinto, podría disfrutar cómodamente del dúo desde un palco privilegiado, sin siquiera prorrumpir en aplausos, bises o vivas.

T dudó que la remota escenografía evitara viciosos bises. Prefirió la consumación a plazo y según se dice de muerte lenta. Ella se fingiría inactiva, bella pero durmiente, desnuda pero intocable, sumida en un sueño de verano. Por favor, pidió, que la comedia se cumpla al pie de la letra, para que no surjan torpezas ni cohibiciones. Adviértele que solo así podré
disfrutar su obra dentro de la mía. Invítala a tomar té contigo mientras yo duermo una siesta.

__  Dile que baje.

Esta vez fue el embajador quien deshojó las sílabas. Tenía al pajarito en el puño y el aroma del vuelo en las narices. La delicada misión cumplida, con creciente satisfacción cesárea se sintió veni, vidi, vici, jocosamente traducido a vino, viuda, vicios. O da vino, da vida, da Vinci. Estuvo a punto de convertirse en una flor blanca. Vid, olivo, pulpo etrusco, almendro mediterráneo de hojas largamente lanceoladas, el audaz caribeño se vio bañado en el fondo del espejo por dos aguas de un mismo río. Con clave de sol para las impacientes criptógrafas, la soñadora y la dormida, ambas despiertas, lanzó un SOS a S para anunciar el triunvirato: SPQR, Roma rima y espera; la cama suya, tu kama sutra; y exhortó al vence, ve, vente, señalando las agitadas orillas del Rubicón.

__  Baja.

Al soltar los dados, una escena de la infancia asomó en el tumbo de las cifras. Ahí vislumbró el posible origen del vicio que lo arrastraba como una sombra hacia las mujeres, a quienes rendía un culto que nunca quiso o pudo creer recíproco. Prestaba su cuerpo como un juguete; y en el cuerpo poseído encontraba, más allá del placer compartido, una razón para empatar sus días, cuyas horas, contadas en la soledad, le pesaban como lustros, décadas, siglos. P, Q, R, S, T, todas, eran una mentira que se inventaba a diario para vivir, para sobrevivir, apostando a un fin próximo pero elusivo.

Recibía la absolución de la carne para apuntalar su mayor vicio, el orgullo, que era tan frágil como su voluble envés, la rabia, la amargura. Pero rechazaba cualquier transigencia con eso que llamaban el amor, pues siempre le parecía demacrado y falso, por inmerecido. Para él, bastaba el placer, lo único que conocía, lo único que deseaba. No solía ser así para ellas, que al tachar los días en el calendario de los vaivenes pasionales empezaban a insinuar otra cosa, como si hubiera algo más que el cuerpo y la sombra, el deseo y luego otra vez el deseo.

A gritos, o balbucientes, lloriqueando, hasta sorbiéndose los mocos como si estuvieran de regreso en el kinder, ofrecían fidelidad y ternura en crescendo, o amor sin ningún empacho; y lo pedían, lo suplicaban, dándose cabezazos contra un lamentable muro de imposibilidades, como si intuyeran que él había roto ese otro juguete tiempo atrás, y que ni siquiera como limosna lo podría dar. Era un semental, no un sentimental. Era cuerpo, amistad, complicidad, o nada.

Iba con su padre por las cuadriculadas calles del pueblo. Iban en silencio pero tronaban como aldabonazos en ese silencio las advertencias que llovían en junio como en enero.

__  Cuidadito con burlarte de los locos, los ancianos, los mendigos, los enfermos. De nadie, aunque otros lo hagan.

__  No te unas al coro de zafios que gritan ¡Oye, Cabeza, ven acá! Ni rías cuando, enfurecido y meneando el cogote, el pobre cabezón mecánicamente responda ¡Bésale la teta a tu mamá!

__  Ni se te ocurra gritarle Jefe al Jefe, aunque no tenga otro nombre; ni Fideo a Fideo, aunque apeste y diga tonterías; ni Congrí a Congrí, que se esconde entre las cuatro o cinco tallas demás de sus dos sacos, porque cuando tire todos los cagajones que carga hasta que no le quede sino rabia en el alma, el cielo se te pondrá chiquitico.

No eran necesarias. Ninguna. A él le molestaban las agresiones de los héroes locales y sus aprendices. Que patearan a los perros callejeros, siempre satos y sarnosos; que a Manolito, cuarentón homosexual, le espetaran ¿no lo prefieres de chorizo? cuando pedía sandwich de jamón o queso.

__  Tenemos del que te gusta, grande y alegre, subrayaban con el escupitajo de sus risotadas, por si acaso alguien en el cafetín no había entendido la rima.

La culpa, aquel día, fue haber estado con un grupo de amiguitos. El padre vio que se burlaban de los pies jorobados y los enormes zapatos ortopédicos. El estaba ahí, callado, pidiendo que callaran, que desistieran. Pero el padre no oyó su silencio ni sus ruegos, ni quiso escuchar sus explicaciones. Lo llevó hasta aquella puerta, tocó y argumentó para que los pies jorobados se quitaran los enormes zapatos ortopédicos. Tuvo que insistir, la señora no, y no, y no quería quitarse los enormes zapatos ortopédicos ni mostrar los pies jorobados. Pero al fin lo hizo; y él se arrodilló, pidió perdón y besó los pies.

Empezó a musitar un estribillo guarachero que entonaba cuando le preguntaban por qué tenía tamaña suerte con las mujeres:

Que me digan feo,
en cuanto me vean,
que la dicha de quien no es bonito
todos la desean ...

Creía en su fealdad como otros creían en Dios o la Virgen. Ninguna amante lo veía en ese espejo empañado donde él se encontraba mil defectos y se inventaba otros mil. Quizá nadie lo veía así. Pero él se aferraba a su garabato como si se tratase de un talismán infalible. Y con él se acercaba a las hembras, las conquistaba, las complacía, las acompañaba en las buenas y las malas, siempre y cuando lo excluyeran de esa cosa manoseada que llamaban el amor.

Se vio de rodillas. Toda la vida agradecería aquella lección, áspera y difícil. Lo habían obligado a rendir culto a las mujeres. Hasta a sus imperfecciones. Las suyas, sin embargo, eran imperdonables; y aunque esa tarde le adivinó otro rostro a la fealdad mientras S bajaba y T fingía un ansioso sueño, prefirió tocarse el labio quemado y secarse una lágrima.

__  Esta bala es para ti, se dijo.

Pero la dejó para otro día. El era César, no un maricón mujeriego.


Caracas,  20 de noviembre  2008



*No se ha olvidado el segundo piropo, que al finalizar aquella tarde se enroscó en una interrogante de radical hermetismo. Se coloca a pie de página como un ideograma chino para evocar el episodio fetichista de ese té. 

__  ¿Eres lesbiana?

__  Lesbiana, no; lesbiano.




Octavio Armand. Nació en Guantánamo, Cuba, en 1946.Ha vivido durante muchos años en Nueva York, donde fundó y dirigió la revista Escandalar entre 1978 y 1984. Reside actualmente en Caracas. Colaborador de Plural, Vuelta, Papeles de son armadans, Ujule, More ferarum, Tse tse y otras revistas latinoamericanas y españolas. Ha publicado en poesía: Horizonte no es siempre lejanía (1970), Entre testigos (1974), Piel menos mía (1976), Cosas pasan (1977), Cómo escribir con erizo (1978), Biografía para feacios (1980), Origami (1987), Son de ausencia (1999). Algunos de sus ensayos han sido recogidos en Superficies (1980), El pez volador (1997), El aliento del dragón (2005) y Horizontes de jugueteRefractions, una selección de poemas y ensayos, en traducción de Carol Maier, fue publicada por la editorial Lumen Books de Nueva York en 1994.Su obra ha merecido la atención de Juan Antonio Vasco, Luis Justo, Guillermo Sucre, Octavio Paz y Severo Sarduy, entre otros destacados intelectuales.

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