21 febrero 2008

Orquídea




Lala Herrera




Comenzó. Ya empezó la conga. Se escuchan aplausos, ahora viene el cantante, “Buenas noches caballeros, como nosotros siempre estamos investigando lo nuevo, tenemos un numero de nuestro Bobby Capó y lo vamos a estrenar aquí, esta noche; deséenme suerte, se llama Dormir contigo”. Allí mismo se montó la tumbadora, un piano, las trompetas y encima las primeras frases de la canción, sale el sol y no estás a mi lado, vivo desesperado esperando tu amor… resplandecían las parejas en la pista de baile y el compás de los tacones y cencerros mezclados con el sudor grasoso de las patillas de mulatos caribeños que solo tienen por una patria el bochinche. La risa clara de las mujeres se confundía con los tragos de ron regados por la barra. Luego una copa reventada, un timbal; se escuchaban los gritos de alegría ¡Epa! Estarás en otros brazos /no en los míos/ y yo aquí solo pasando tanto frío. No hay nada que decir sólo desaparecer abrazados hombros con hombro, cadera contra cadera. Para adelante y para atrás. Estoy mareado, ¡eufórico! de pronto la vida era bella y la vi con la orquídea en la cabeza. Y ya no me la quitan más. Esa noche el botiquín estaba elevado, colocado en un plató embadurnado de agua ardiente, las mujeres con vertiginosos vestidos de pepas, de flores y piernas duras como panteras, lisas, infinitas, piernas infinitas bailando y bailando sin cesar, y yo entre la gente tambaleándome como una traga venados hipnotizada por la niña de la orquídea morada, estaba allí en primera fila aplaudiéndole al cantante. Quise subir al cielo como un pelícano para clavármele en sus ojos, di vueltas a su alrededor y me ubiqué justo al frente de ella, como un príncipe de fábula; Al acecho, como un puma agazapado mirándola… Ella tuvo que sentir el golpe de energía martillándole las sienes y me evadía, me esquivaba, me ignoraba. Pero persistí; cambié de estrategia desapareciéndome en el baño. A mi regreso, allí, como dos diamantes en el aire, sus ojos sostuvieron a los míos mientras una inmensa sonrisa aparecía lentamente en su cara, levanté mi copa y ella su brazo, una vara de alabastro forrado en guantes punk. Fue un segundo que llenó de frutas frescas, riachuelos, mariposas y piedras redondas el paisaje de la discoteca. ¿Qué hace esa nórdica descolocada, mira tú? De pronto se escuchó un ruido seco, seco como la pólvora de un cañón. ¡Persígnate que lo que escuché fueron tiros! ya no pensé mas nada… sólo corrí para que la horda de cuerpos despavoridos no me aplastaran y una voz que no era mía pero que salió de mi garganta, de otra parte de ultra tumba, ¡coño de madres! ¡Aquí no hay salida! ¡Puro concreto! Dos maricas diabólicas gritaron que limpiaran la sangre pero que continuara la parranda. Me acordé de la orquídea que entre todos los cuerpos negros se distinguía a lo lejos, descompuesta. Corrí hacia ella, sudaba a chorros por cada poro y sus labios blancos y sus manitas frías temblaban constantemente. Tranquila mi reina bella que yo te cuido… Y se dejo llevar como un cachorro, se dejo arropar por mi chaqueta y ya la cara no la tenía tan larga. Tenía una sonrisa tan limpia como los mañanas del pueblo de donde me vine. ¡Ay mi niña! y me pregunté que hace esta criatura enfangada dentro de un tugurio de mala muerte pero no le dije nada. Nada salía de mis labios. Sólo la excitación de tenerla cerca. Me dijo que la sacara de allí, del reguero de tripas, de la policía con más dientes que una pelea de perros callejero, del pandemonio caótico y le agarré. No, esos huesos no son como los huesos de las putas recias que monto cada noche, esos huesos son de cristal, de porcelana, de bacará. Juntos esquivamos los obstáculos hasta encontrarnos en el medio de lo que antes fue un boulevard esplendido y que ahora se había convertido en una especie de escenario post-nuclear sórdido y lúgubre, con una mezcla de pachulí, salsa estridente en altoparlantes, recoge-latas, mendigos proféticos; de esos mendigos que uno ignora y que el Nazareno se empeña en abrazar. A ella si la abracé pero al viejo desdentado que nos intercepto con la mano alzada como el arcángel Gabriel ni lo miré. Si eso es Jesús ¿Y si ese es Jesús? Sacudí la cabeza y le dije que caminara de largo y ella dócil se dejaba arrastrar por mis manos curtidas y el contacto de su mano perdida en una palma dos veces de su tamaño, la escolté con una confianza difícil de encontrar en este valle de plomo, en una valle de periqueros, paranoicos y violentos. Era un trébol de cuatro hojas. Mi orquídea era un amuleto de la buena suerte por eso no dude en llevarla hasta mi apartamento. Era un apartamento sofisticado y limpio, difícil de creer para quien me viera con la barba sin afeitar, con la guayabera medio raída, con el tumbao de poca cosa, de cosa mínima de la calle, pasaba como un testigo invisible y esa era la idea. Me gustó la media sonrisa indescifrable que se le dibujó el rostro a penas comenzó a darse cuenta que el barrio dónde tengo mi apartamento era elegante. Un destello de luz se posó en esos ojos raros, que siempre flotan en el aire dejándome la sensación de intimidad, la certeza de saber como serían nuestro cuerpos al juntarse, al pegarse en una sola confusión de líquido y carne. Así la quería, como a la gata-perra ovillada que encontramos en la puerta del edificio, llena de sarna con su cola respingada. El único testigo que tuvo mi orquídea. Al llegar a mi piso vi que las llaves se habían vuelto de plástico, que mis brazos se alargaban como si fueran de goma enredándose entre el picaporte y el multilock. Los ojos de la orquídea comenzaron a crecer, primero casi imperceptiblemente, y luego las pupilas ocupaban la cara completa desvaneciéndose su boca y nariz; me quitó las llaves y con una fuerza absurda me cargo por los aires hasta adentro. En el medio de la penumbra vi como se quitaba la ropa, que ya para mí no era ropa sino una especie de capullo viscoso del cual una vez liberado salieron unas alas de mariposa emperador, azules esmeraldas, que partían del medio de su espalda traslucida, de luz tan intensa que me quemó un poco la cornea, sentí un ardor en los labios inmerso dentro de un pozo de agua, la veía flotar frente a mí. Era un hada. Pensé que no existían, que era mitología griega plasmada en letras negras sepultadas en millones de libros. Cuando se montó encima de mi cuerpo sus alas se movieron como un colibrí gigantesco y una trompa salía de lo que antes era su boca, internándose en la mía, como si fuese polen de flor. No puedo explicar nada más.


Me desperté repleto de miel y de infancia, en el medio de mi habitación inmaculada. Suspiré de placer mientras en el duermevela organizaba mis pensamientos. Al contemplar una esquina tardé minutos en comprender que dónde antes había un televisor pantalla plana ahora solo quedaba el cuadrado blanco, el espacio vacío; dónde antes un microondas de último modelo calentaba mi café ahora se evidenciaban miles de telas de arañas que tenía meses sin limpiar y la pintura más clara que el resto de la pared era la huella de su ausencia. En interiores y con los ojos rojos, deshidratado como una pasa pude ver, ahora sí en completo espanto, que ya no estaban ni el DVD, ni el equipo de sonido surround system, ni mis cornetas, ni la billetera, ni las tarjetas de créditos, ni la computadora portátil, ni mis yuntas de oro y cuando ya gritando como un orangután en plena selva, descontrolado, baje corriendo de tres en tres las escaleras no encontré mi carro deportivo, y solo la perra-gata con sus ojos triste trató en vano de lamerme una pierna.

1 comentario:

Ignatz31 dijo...

Bravo!!! muy bien escrito...fluido, intrigante, sensual, crudo....igual que vivir en Crackass!!! que digo Caracas....
Te deseo muchas publicaciones mas!!!!!!!!