01 agosto 2010

“Escribir novelas se parece a correr un maratón”*




De qué hablo cuando hablo de correr, título que homenajea al libro de cuentos De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver, es no sólo la obra ensayística más reciente del escritor japonés Haruki Murakami, sino su libro más íntimo, casi una autobiografía.
Los textos, que abarcan desde el verano de 2005 hasta el otoño de 2006, representan la historia de una vida en la que el entrenamiento físico y la escritura se muestran como las dos caras de una misma moneda.


Lorena Bou Linhares


Determinados días de la semana, y en distintas ciudades del mundo, las papeleras cercanas a los quioscos alojan suplementos culturales que no han sido leídos. Los han lanzado allí los lectores de periódico a los que no les interesa ni la literatura ni el arte ni el teatro ni la fotografía. En una oportunidad, un reconocido escritor aseguró que el ochenta por ciento del contenido de esos suplementos eran los libros y que, por lo tanto, el mejor modo de vengar el desprecio hacia las letras era arrojar en esas mismas papeleras la prensa deportiva. Pero ¿hasta qué punto son irreconciliables la literatura y el deporte?

En el intento de establecer algunos vínculos se apela, por ejemplo, al hecho de que tanto Camus como Nabokov fueron arqueros en equipos regionales cuando eran jóvenes. Pero ¿qué autores han practicado una actividad física con la misma intensidad con la que se han dedicado a la escritura?
En 1978 Tim Krabbé publicó De renner [El ciclista, Los Libros del Lince, 2010], una novela sobre su participación en una carrera de ciclismo al sur de Francia. Antes de convertirse en narrador, Krabbé fue primero campeón de ajedrez y luego ciclista profesional. No es de extrañar, pues, que el kilometraje de uno de esos tours definiera la estructura de uno de sus libros. Pero, si se trata de actividades compaginadas, ¿qué autor le resta horas a la escritura (por pocas que sean) para entrenarse físicamente? Con seguridad uno: el japonés Haruki Murakami.

“Escritor (y corredor)”
El último libro de Murakami son sus memorias en torno a su afición por correr a diario y participar anualmente en maratones y triatlones. Semejante puesta en escena convierte De qué hablo cuando hablo de correr (Tusquets, 2010) en un ensayo sobre cómo ha vivido Murakami desde 1982, cuando tenía treinta y tres años y empezó a hacer footing.

El relato de los entrenamientos y las carreras a lo largo de veinticinco años congrega variedad de temas y anécdotas que terminan revelando un hecho invariable: el escritor japonés corre diez kilómetros diarios durante seis días a la semana. ¿Qué interés despierta un libro como éste? En él destacan dos aspectos valiosísimos: por un lado, las inquietudes y los anhelos que acompañan a Murakami y, por otro, las comparaciones que él establece entre escribir y correr.

Distintos elementos particularizan la principal afición del autor: la ciudad en la que entrena, el lugar adonde viaja para participar en un maratón, la estación del año en la que se ejercita y el mes en el que tiene lugar la carrera. Y en cada circunstancia está presente un aspecto característico de sus novelas: la música. Mientras entrena, Murakami escucha Lovin’ Spoonful, Red Hot Chili Peppers, Carla Thomas, Beach Boys, Beck y Otis Redding, entre otros.

Pero el eje en la vida del autor de El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas (la última novela de Murakami editada por Tusquets en 2009) es ciertamente la escritura. Podemos identificarlo como corredor y coleccionista de elepés de vinilo, pero sobre todo como novelista, y él insiste en ello cuando habla de correr, actividad que de ninguna manera interfiere en las horas dedicadas al oficio de narrar. Si su afición por correr se remonta a los años ochenta, el escribir novelas también, con la particularidad de que, en su caso, ambas ocupaciones no son sólo compatibles, sino equiparables.

Al igual que adiestra sus músculos cada día para resistir y completar el siguiente maratón o triatlón, así mismo ejercita la concentración y la constancia necesarias para concluir una novela. Ambas tareas requieren esfuerzo, horas a solas y una tenacidad lo suficientemente dilatada. Y así como en los entrenamientos mantiene un ritmo y poco a poco aumenta la distancia que recorre, del mismo modo aborda la escritura.

Para Murakami, en la profesión de novelista no hay victorias ni derrotas. Por eso escribir novelas se asemeja a correr un maratón: “Lo más importante es si lo escrito alcanza o no los parámetros que uno mismo se ha fijado”. Se trata de la misma imagen que lo acompaña como corredor: “Si hay un contrincante al que debes vencer en una carrera de larga distancia, ése no es otro que el tú de ayer”.
De qué hablo cuando hablo de correr es, en definitiva, una apología a la perseverancia y el vigor con los que una persona procura satisfacer sus deseos, independientemente de que éstos pertenezcan al ámbito del trabajo o la afición.

Otro novelista que corre
En 1984, cuando estaba traduciendo al japonés Setting Free the Bears [Libertad para los osos, Tusquets, 1992], Murakami corrió por Central Park con John Irving, también aficionado al footing. Se suponía que el encuentro era para una entrevista, pero el escritor japonés no pudo tomar notas ni grabar la conversación. Lo único que prevalece en su recuerdo es haber corrido hombro con hombro con un narrador a quien considera un maestro de la literatura. Probablemente, mientras corrían, ambos percibieron la diferencia entre los ritmos respiratorios de cada uno, tal vez tan distintos como el modo en que cada escritor asume la experiencia literaria.


*Artículo publicado en el Papel Literario de El Nacional, 5 de mayo de 2010.

1 comentario:

Raúl Ángel dijo...

Saludos Profesora

Caramba! leer sus escritos se siente una sensación tan relajante. A veces no conozco de los temas, pero parecen tan interesantes. Viendo su blog, sus escritos, recordando sus clases, decidi hacer mi blog:
http://raulonster.blogspot.com/
Qué este bien ;D.