21 enero 2008

Zasshi Nokai Supesu


Leo Felipe Campos



Esta ciudad no es la misma que se mira desde el cerro, aquí la maldición juega un papel importante. Algo así anotó Fonseca, que también dijo de ella que tiene más gente que moscas, una obviedad que a veces espanta.
Por supuesto, yo soy uno entre esa gente, el que está ahí sentado detrás del ventanal del piso siete. Ya lo ven, me protegen el papel ahumado y el aire acondicionado de la oficina. Sí, estoy fumando y bebiendo un vaso de escocés, dieciocho años, tres hielos grandes, sin agua; como debe ser. Soy un privilegiado, lo sé. Supongo que desde aquí arriba la ciudad tampoco es la misma, pero no me importa.
Verán, Fonseca es uno de mis mejores amigos. Habla poco. Por eso he tenido que venir yo en su nombre a leerles esta historia. Es periodista de opinión, abogado y fiel. En casos como el suyo -hay que decirlo- eso puede resultar una desgracia: Fonseca siempre ha sido militante de derecha. Pero por extraño que suene, hablar de su historia es hablar de la historia de esta revista.
Seré más preciso: la historia de esta revista comienza y termina con el encuentro de Fonseca y Yukio Mishima en el Salón Tojo de su mansión, en diciembre de 1968. Así que no se espanten por el nombre, a todas luces un guiño Sci - Fi que empezó para seguirle el juego a 2001, Odisea en el Espacio; la famosa película que con tanto éxito estrenara Stanley Kubrick en los Estados Unidos ese mismo año.
Mishima y Fonseca eran hombres cultos y curiosos, ambos seguían de cerca la literatura inglesa, leyeron primero el libro, luego vieron la película -cada uno por su cuenta- y cuando se sentaron frente a frente, comenzaron a hablar primero de dinero y negocios, luego de política internacional, y finalmente de vanguardias, o de lo que ellos creían que eran las vanguardias. Comentaron, claro, la película de Kubrick. Y pronto se hicieron amigos.
Lo primero a tener en cuenta: Fonseca no fue a Tokio como periodista, sino por un asunto de contratos, lo había enviado el bufet.
Al llegar a la casa de Mishima, pudo verlo trajeado con el fastuoso uniforme de la Tatenokai, que poseía enormes botones de bronce. El japonés estaba almorzando en el salón de su palacio sobre almohadones de seda importada, usaba cubiertos de plata y a su lado reposaba una larga espada con empuñadura de nácar y diamantes.
Presten atención, porque en esta historia que empieza en el vacío de Mishima, sigue a Fonseca, alcanza a las ciudades de ciencia ficción y determina el inicio y el fin de esta revista, no sobra nada. El uniforme del que hablamos fue diseñado por el entonces único modista consagrado del Japón: Tsukumo Igarashi.

El orden es más o menos como sigue: Igarashi creó los uniformes militares que utilizaría el mandatario francés Charles de Gaulle a principios de 1968. En abril de ese año, Stanley Kubrick estrenó en los Estados Unidos la película 2001, Odisea en el Espacio, del libro homónimo de Arthur C. Clarke. Como ya dije, parece que obtuvo éxito. Un mes más tarde, lo que comenzó con una huelga general de los estudiantes parisinos terminó llamándose Mayo francés, o Mayo del 68. Y mientras la mayoría de los artistas asumían causas de izquierda como el rechazo a la Guerra de Vietnam, el anarquismo o el situacionismo, y miraban los hechos como una oportunidad de cambio y el camino hacia la libertad sexual, Yukio Mishima pensó en apenas la segunda y la tercera de sus maravillosas y desacertadas decisiones estéticas: crear un ejército privado. E inventar una revista fantasma. [1]
Para su ejército consiguió a cien soldaditos de plomo que vistió con el mismo diseñador del derrocado más famoso de Occidente.
Para la revista, ésta que nos trae a cuento, se juntó con Fonseca y se bebió unos tres vasos de whiskys después de la comida.
Eso es lo que hoy por hoy asegura mi amigo que ocurrió en ese encuentro, donde además del uniforme y el poder; él y Mishima hablaron sobre la belleza, la literatura, el compromiso y algo que entre ambos decidieron llamar Desplazamientos Laterales.
Tatenokai significa La Sociedad de los Escudos. Pero Fonseca, que escuchaba con atención y de vez en cuando anotaba algunas frases sobre un pequeño cuaderno que guardaba en el bolsillo de su saco, tradujo mal. Puso: La nueva comunidad de los Escudos. Así que la revista, que nunca debía salir a la luz, pues se trataba de una publicación fantasma: hecha de vacío, se iba a escribir en tres idiomas e iba a llevar por nombre: 2021, la nueva revista de la Comunidad de los Escudos y su Odisea en el Espacio. Algo que en japonés se pronunciaría como Zasshi Nokai Supesu, porque más que al espacio cósmico, o sideral, o exterior, se refería al espacio que ocupaban los cuerpos. A algo que siempre iba a estar por llenar.
En un principio Mishima dijo que el cuerpo es una vasija llena de un espacio vacío. Y que Heihachiro Oshio tocó la vaciedad y murió. Eso lo dijo calmado por comenzar con un ejemplo, mientras se levantaba de uno de los almohadones, a buscar un trago y un habano, como el que me fumo yo en este momento.
Algo estaba alumbrado en la visión del japonés y algo se desprendía también de nuestro amigo Fonseca. Otro ejemplo: Mishima hablaba de los héroes, o del fracaso de los héroes. Y Fonseca le decía que en su ciudad, que es ésta en la que nosotros vivimos, todos mueren jóvenes y presos de la verdad. Tomando en cuenta que los muertos se elevan, le contestó Mishima, podríamos asegurar entonces que cuentan ustedes con un cielo joven, el más hermoso del mundo. En cambio todos nuestros héroes han fracasado, todos ellos han sido lamentables fracasos, insistía.
La comida estuvo colmada de frases previsibles: la capacidad de la derecha al debatir con los estudiantes universitarios de la izquierda en la Universidad de Tokio, el rescate del valor del Samurai, la figura del Emperador, y el culto del cuerpo.
Sirvieron todo en el Salón Tojo porque esa tarde, alrededor de las seis y frente a la mirada inquieta de Fonseca, Mishima se hizo algunos retratos con Kishin Shinoyama, su fotógrafo predilecto, el mismo joven que dos años antes lo retratara atravesado como un San Sebastián agónico y excitado. Mishima no solo admiraba la belleza masculina; también solía afirmar que esa imagen fue la primera en producirle una eyaculación. Mishima no solo estaba influenciado por sus sueños; también lo estaba por sus deseos. Mishima solía bromear -y así se lo hizo saber a Fonseca- con el milagroso arte de hacer que todos en el Salón Tojo lucieran como ángeles.
De ese encuentro, el único entre el japonés y nuestro amigo, sólo quedan un artículo publicado en enero de 1969 en los diarios El Nacional, de Venezuela, y Folha de Sao Paulo, de Brasil; y esta especie de testimonio que transcribí yo hace una semana desde la comodidad de mi oficina, adonde estoy ahora bebiendo. Esa misma semana me dijo Fonseca: la nuestra sigue siendo una ciudad moderna y horrible, acorde a las vanguardias; todos corren detrás del dinero y quedan pocas tradiciones espirituales.
Yo estoy de acuerdo, desde aquí arriba puedo ver claramente cómo todo se desmorona de una manera poco agradable, aunque, repito, no me importa. Y creo que mi amigo plagiaba al japonés. Porque digámoslo de una vez, en ese encuentro Fonseca determinó que lo mejor no era la impostura sino el juego de espejos: supo que importar un modelo de vacío era al mismo tiempo la mejor de las revoluciones para este continente.
Mishima sabía que la belleza de la acción es un fuego artificial que no se apaga, porque logra perdurar en la memoria. Y Fonseca habla poco, por eso he tenido que venir yo en su nombre a leerles la historia de esta revista. Todo me lo ha contado él, que está a punto de morir.
Es así como he querido revivir la forma para rescatar al espíritu que sobrevive. Yo sé lo que quiero: organizarme y hacer clara una imaginación compleja. Estoy ante el proceso de construir un orden externo. Fonseca me dio todos los secretos. Me dijo que, como el japonés, debía optar por el ridículo y ofrecer una demostración práctica de ello.
Es posible que se deba a lo que hay de íntimo en mi personalidad, a mi idea básicamente romántica de lo que es la literatura: la obsesión de la muerte y el tema de la ilusión, dijo Mishima. Y ante lo aparatosa de su historia, ante su tragicómico suicidio como acto de liberación, ante la ideología rigurosa que sigue imperando y el amor a la violencia, lo más ridículo que podía hacer era otorgarle un cuerpo a aquélla revista fantasma. Y es lo que he hecho. La he llamado 2021, Pura ficción, para que no me acusen de poca originalidad. Y se edita en un solo idioma.
Esa es mi dimensión política. De todo esto se desprende que no a los escritores ni a nuestras máscaras, pero sí a la literatura. Al menos en esta publicación es a ella a la única a quien se va a tomar en serio.

[1] Este texto dice la segunda y la tercera porque ya hace mucho que Mishima había adoptado su primera impostura al cambiar su verdadero nombre: Kimitake Iraota. Por otro lado, queda claro que resulta posible, pero marginal, conocer con exactitud el orden de las decisiones artísticas del afamado escritor, modelo y dramaturgo japonés.

2 comentarios:

Beatriz Alicia García dijo...

Me gusta mucho este texto, lo he disfrutado mucho. Une varias de las cosas que me han interesado o inquietado en los últimos lustros: la ciencia ficción, la cultura japonesa (y entre sus escritores Mishima) y además posee algo que disfruto horrores: la ironía, el humor inteligente. Mis congratulaciones al autor.

Beatriz Alicia García

¿Qué es esto? dijo...

Gracias Beatriz Alicia, a mí me gusta mucho tu nombre.

Este es uno de esos textos que, con algo de fortuna, consigues que te gusten de vez en cuando. Sé poco sobre la cultura japonesa y menos sobre la ciencia ficción, pero aprovecho para invitarte a pasar por Mi Jaragual, un blog donde cuelgo algo de literatura y materiales menos importantes.

Un abrazo y gracias otra vez.